“Justina fue una señora que trabajó en mi casa durante 15 años y que yo amaba de verdad. Pero ni una vez se sentó con nosotros en la mesa a comer”
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| Mariela Ardaya |
Por: Verónica Aguilar y Bruna Antelo
Mariela inicia hablándonos acerca de Silvia Rivera Cusicanqui y cómo había visto en una entrevista hecha por una argentina, algo que ella consideró muy grande. Silvia dijo que se dio cuenta del racismo porque a ella la crió una nana que era una chola y que le dio de mamar, pero que no le dejaban abrazar delante de la gente. “Y yo recordé a Justina”, continuó Mariela “Justina fue una señora que trabajó en mi casa durante 15 años y que yo amaba de verdad. Ella murió de cáncer. Pero ni una vez se sentó con nosotros en la mesa a comer. Y la amábamos, y la tratábamos bien, pero el colonialismo nos dejó eso. Ella era la que comía en la cocina después de que todos hayamos comido. Y ahora yo lo veo y digo “¿Por qué no lo vi mal? ¿Por qué no lo entendí en su momento? ¿Por qué no reconocí que esa conducta estaba errada y que era una conducta de superioridad?”. Eran quienes trabajaban todos los días bajo el mismo techo limpiando, cocinando, alimentando y cuidando de los más pequeños en la casa.
La respuesta es porque hemos normalizado un sistema de valor humano, de capital social basado simple y llanamente en el racismo y la discriminación. El valor que se le da a una vida, la preferencia que se le da, la aceptación, los halagos, son basados en el color de piel, de ojos, en los rasgos “finos” y luego en el dinero, en los bienes materiales que se posee los cuales se utilizan para acercarnos más a lo primero mencionado. La manera en la que demostramos, ejercemos y reforzamos esta creencia es normalizar una actitud de superioridad. Asumimos que las personas que realizan trabajos y labores de esta naturaleza lo hacen porque su capacidad intelectual y económica no da para más. Y nos esforzamos por encajar, por no ser menos. Nos darnos cuenta que nuestras aspiraciones no son locales, menos originarias. Son extranjeras.”
“Cuando estábamos más chicas estaban re de moda las poleritas Aeropostale, todos querían una y si tu polerita no tenía la mariposa de Aeropostale era como que “no la quiero”. Todas (las que tenía) las herede de una prima, pero igual, nadie tenía que saberlo, yo las tenía. Luego, cuando íbamos al Cine Center, que era el boom de los lugares de salida, la gente tenía poleras truchas, pero tenían que ser de Aeropostale, porque querían ser igual. Porque queríamos ser igual. Porque queríamos demostrar que teníamos las mismas condiciones”.
Mariela nos muestra con este ejemplo de su propia vida que no se trataba de ser uno mismo, sino se trataba de ser igual a aquello que creemos que es bueno y que es lo mejor, que es lo superior. Eso también en cierta parte es racismo, es discriminación por su condición social, la cual se refleja hasta lo que se usa para vestir. “En Santa Cruz esto muy fuerte, es tan fuerte que si vamos de compras al centro no hay que esforzarse mucho para ver que todas las tiendas exhiben la misma ropa, tienen el mismo estilo, todas tienen casi lo mismo. Y el que es raro lo es porque, o está metido en algo de cultura, o está metido en algo de los tatuajes, pero es raro porque tiene un motivo. No es raro porque es individual. No es raro porque quiera expresarse a su manera. Y asimismo con las formas de los cuerpos, las “tallas únicas” y las preferencias por la confección en la ropa son intentos que se crean para manipular y mantener un estereotipo que sea el que prime y el que reine, que sea superior, que sea el único estilo que te valide frente a las otras personas porque así se viste alguien bien.”.
“Todo porque lo diferente no es bienvenido. Nos sentimos completamente incómodos cuando estamos con alguien distinto en creencias, en forma y aspecto porque no podemos sociabilizar con ellos en un encuentro en el que las diferencias sean el puente para acercarnos. Nos enseñaron mediante ejemplos tanto acerca de la idiosincrasia, acerca de los niveles, acerca de las maneras en las que no es aceptable relacionarnos con alguien que es distinto. Sin embargo, particularmente por eso debería ser aún más fácil el conocerlo, más fácil el tener tema de charla, más fácil el que fluya la cosa. Tememos a lo diferente. Y lo tenemos impregnado y arraigado en nosotros desde nuestra infancia.”
“El valor integral que le damos a la vida humana varía de acuerdo a nuestra propia balanza moral, pasamos por encima de los derechos humanos universales y sentimos que no es necesario nada más para juzgar a las personas por su afiliación política, por su color de piel, por sus rasgos. Sentenciamos con el deseo de pena de muerte y llamamos animales a personas que tienen una historia, que tienen familia, que tienen una vida. Y luego nos escandalizan e indignan las luchas que estas personas llevan a cabo por sus derechos sin darnos cuenta del privilegio y los derechos que algunos ya gozan y que se les dan tan natural porque ya nacieron con ellos.”
Mariela comenta que en esta época o sos de izquierda o sos fascista, o sos pitita o sos masista, o sos feminista o sos… uno tiene forzadamente que ser algo y estas divisiones partidarias en teología, en política, en religión, son las que nos han llevado a separarnos tanto. “Creo que eso también es algo muy marcado en nuestra generación, que las diferencias son atacadas y que cada quien tiene que tener una remera de un equipo sin darse cuenta que eso hace que no logremos”. Lo peligroso es que estas divisiones se estigmatizan y se generalizan de manera negativa, impidiendo observar las diferencias como algo constructivo. Es una táctica del discurso y las ideologías que intentar separar para tener más poder en un grupo y tener más gente. Entonces es como que no puede ser nada entremedio, estas o con ellos o con nosotros.
Entonces nos queda reflexionar acerca de nuestras palabras, acerca de nuestro discurso, de las ideas que defendemos, porque como seres humanos también tenemos el derecho de cambiar. Tenemos la obligación de cambiar, nos dice Mariana. “Tenemos la obligación de pensarnos y re pensarnos y de analizarnos y de quizás darnos cuenta de lo errados que estamos y mejorar. Incluso tenés el derecho de empeorar, para darte cuenta realmente que tan mal está. Creo que ese es el problema de los discursos (…) y creo que también eso viene por una cultura en la que no nos responsabilizamos por lo que pensamos, y tampoco nos responsabilizamos por lo que decimos (…) Y ahí me di cuenta de que sí tenés derecho de cambiar, tenés derecho de mutar, pero en algún momento tenemos que habitar conscientes el tiempo y el espacio en nosotros mismos y eso significa hacerte responsable del pasado y de lo de ahora (…) Igual en un país como Bolivia en el que literalmente nuestra vida emocional no sé cómo la llevamos, porque vamos de crisis en crisis como que el paro, respiramos, la pandemia y vamos a respirar y van a ser las reelecciones y Dios sabe que van a traer las elecciones. Nuestras emociones están tan así, tan asa, tan subidas y bajadas que nuestros discursos también van a cambiar”.
En una reflexión final, Mariela nos dice que es difícil ir en contra de un sistema y Eduardo Galeano nos recuerda lo siguiente: “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Entonces ella dice “yo quiero quedarme con lo que hago para ser mejor y no con lo que soy y que me transfirieron en un contexto cultural, familiar y geográfico”.
Lo que normalizamos es lo que aceptamos y adoptamos como normal. Eso es lo peligroso, pero al mismo tiempo es una poderosa herramienta para transformar escenarios y realidades que necesitan urgentemente un cambio.

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